Historia de Brad

En 1995, un canadiense llamado Brad McBurney, que había sufrido durante siete años el síndrome de boca ardiente (SBA), se decidió a contar su historia en el foro de Go4hope.org. Este sitio ya ha sido cerrado; menos mal que yo había puesto a salvo el testimonio de Brad.

A continuación os ofrezco la traducción completa al español:


Del sufrimiento a la curación
Todo comenzó en 1995. Por aquel entonces yo tenía 25 años y me encontraba relativamente bien de salud. Además tenía un nuevo empleo y me acababa de mudar al centro de Toronto. Era feliz, pero seguramente también estaba demasiado estresado.
En aquellos días me encontraba fuera, en un congreso relacionado con el trabajo, y fue entonces cuando percibí el primer síntoma. El comienzo fue muy rápido. Un día me desperté, literalmente, con un extraño sabor salado en la boca. Me lavé los dientes varias veces a lo largo de la mañana, pero el sabor no se iba. Aquello era una sensación que nunca había experimentado hasta entonces.
Cuando volví del congreso (después de dos días con ese sabor a sal), fui a una clínica ambulatoria para consultar a un médico. Al explorarme la zona, me dijo que me veía en la garganta placas y mucosidades que seguramente eran las que me estaban causando el mal sabor. Me recetó Flonase, un corticoide en aerosol para aliviar la congestión nasal. Yo no me sentía congestionado, pero lo probé (¡menos es nada!). Pasaron varias semanas, pero el sabor salado seguía ahí; y era muy intenso y muy molesto.
Un mes después, la sensación de sabor salado cambió radicalmente: el sabor se desvaneció y fue sustituido por ardor. Hasta entonces, la sensación me había parecido desagradable, pero la quemazón de ahora era dolorosa (a veces, terriblemente dolorosa) y aparecía en la lengua, en el paladar o en los dos sitios a la vez. En los años siguientes observé que la quemazón (aunque seguía estando ahí) parecía mucho más leve por la mañana y se agravaba por la noche; a veces, a la hora de dormir era insoportable (aunque, eso sí, nunca me impidió conciliar el sueño).
Por aquella época no tenía médico de cabecera, así que busqué uno. Le expliqué lo que me pasaba y tras examinarme me dijo que estaba en perfecto estado de salud, y que la quemazón probablemente acabaría desapareciendo por sí misma. Pero no fue así, y él no me ofrecía ninguna solución ni ninguna sugerencia aparte de aconsejarme que visitara al neurólogo. Luego me hicieron muchas pruebas, incluida una resonancia magnética de la cabeza. Nunca se detectó nada anómalo, pero mi boca ardía todo el tiempo. Y era muy doloroso.
En el transcurso de los años siguientes, visité a innumerables médicos y me sometí a más análisis. Todo era normal (lo que tampoco me parecía mal, por otra parte), pero nadie tenía la menor idea o explicación del origen de la dolencia. A lo largo de mis viajes visité a algunos médicos que me miraban como si tuviera tres cabezas. Yo estaba muy desanimado… y muy deprimido. El ardor de la boca se estaba apoderando de mi vida, y yo no tenía respuestas. Era tan doloroso que no podía pensar en otra cosa.
Presa de la desesperación, acudí a naturópatas, nutricionistas, psicoterapeutas [counselors] e, incluso, a sesiones de acupuntura. Me decían de todo: que si sobrecrecimiento de Candida, que si reflujo gástrico, que si infección crónica de los senos paranasales, que si filtraciones del mercurio de los empastes, y más cosas que ya ni recuerdo. Intenté de todo (dentro de lo razonable), pero el proceso siempre era el mismo: los síntomas parecían remitir los primeros días y yo ya me relamía de satisfacción…, pero entonces la quemazón irrumpía de nuevo tan bruscamente como se había marchado.
Durante mi travesía del desierto [journey], se me sugirió varias veces que el mal podría deberse a una depresión; pero yo ya pensaba entonces, y lo sigo pensando, que era mi boca en llamas la que causaba la depresión, y no al revés. Luego resultaría que yo tenía razón, pero por aquel entonces yo no podía probarlo…, ¡todavía!
En el punto que voy a tratar a continuación quiero ser muy claro. Me considero un defensor decidido del pensamiento científico. Con esto no estoy diciendo que sea bueno en matemáticas y en las ciencias en general, sino que entiendo los principios básicos de ambas materias, y para mí tienen sentido. Blanco o negro. No creo en lo que no veo, oigo, toco, huelo o pruebo (juego de palabras aparte); no creo en nada que no pueda ser medido de alguna manera científica o matemática. Si algo no se puede racionalizar de modo que tenga un sentido científico definido, no puedo aceptarlo: puede parecer la actitud de alguien con estrechez de miras o escéptico hacia las personas y hacia el mundo, pero estoy convencido de que eso ahorró miles de dólares durante mi calvario [journey] particular.
En una visita de rutina, mi dentista me habló de una colega suya en Toronto que estaba estudiando el problema de la boca ardiente. Yo no sabía en ese momento que aquella revelación cambiaría mi vida.
Mi dentista me remitió a la Dra. Miriam Grushka, y concerté una primera visita con ella y con su colega, la Dra. Linda Bartoshuk, que tenían su consulta en el área residencial norte de Toronto. Era la primera vez que veía a alguien de la comunidad médica que conocía el problema que estaba sufriendo y a quien podría contar mi historial. ¡Fue una sensación maravillosa! Jamás olvidaré ese día.
Tras practicarme pruebas y pruebas para su investigación, las doctoras me dijeron que a su juicio el SBA se había originado por daños en los nervios craneales, en particular en el par VII (creo que son 12 en total). Me explicaron que la quemazón y el sabor a salado que estaba sintiendo, en realidad no existía, no estaba allí..., que era algo ilusorio [phantom]; que el cerebro simplemente estaba registrando como dolor unas señales erróneas que le estaba mandando el nervio dañado. Asimismo, sentenció que no tenía cura, pero que había algunas cosas que podrían ayudar: por un lado, el clonazepam; y, por otro, una especie de caramelo casero elaborado por la doctora Bartoshuk a base de pimienta [Cayenne pepper] para enmascarar los síntomas.
El “caramelo” funcionó muy bien y yo estaba muy contento. Sin embargo, sólo ocultaba el malestar, no atajaba el problema; y tenía que tenerlo todo el tiempo en la boca; en cuanto al clonazepam, me funcionó un poco al principio, pero dejó de tener efecto después de unos meses y dejé de tomarlo.
¡Nunca olvidaré a estas doctoras, unas personas estupendas y unos médicos maravillosos! Y visto retrospectivamente, acababan de darme la clave de mi recuperación... Pero eso no lo sabría sino unos años después.
Así que continué viviendo mi vida de penalidad y dolor. Casi había renunciado a resolver el misterio del SBA y estaba haciendo todo lo posible para conservar la cordura. Sentía muchas molestias y estaba deprimido, y mi familia andaba muy preocupada por mí.
Algunos años más tarde, cenando en casa de mis padres, mi madre hizo una sugerencia. Se acordó de una mujer a la que había estado visitando durante años por sus dolores musculares y articulares. Como mi madre sabía que yo estaba harto de "charlatanes" y "curanderos", me aseguró que esta señora, que era osteópata, era muy profesional y no me diría que me podría ayudar si de corazón sabía que no podía. Esta osteópata, afirmó mi madre, era muy honrada, de las mejores en su campo, gozaba del reconocimiento de la comunidad médica y mostraba gran destreza y educación. Mi madre ya le había hablado de mi problema, y ella estaba interesada en quedar conmigo para ver si podía ayudarme. Sin demasiadas esperanzas, acudí… y mi vida ya nunca volvió a ser la misma.
Así conocí a Anne Hartley. Le expliqué toda mi historia desde el principio y dediqué algo de tiempo a explicarle lo que había aprendido de las doctoras Grushka y Bartoshuk.
Cuando me oyó hablar de las investigaciones de las doctoras, Anne me mostró un libro que detallaba la anatomía de la cabeza ósea [skull] y me explicó que esta no era sólo un hueso sólido (como muchos médicos creen), sino una combinación de varias "placas" y huesos que cubren el cerebro. Me mostró el recorrido que seguían los nervios craneales y, en particular, el del séptimo par, que iba desde el cerebro hasta la boca y desde allí recorría el camino inverso para suministrar al cerebro información de la lengua y el paladar. Anne nunca había tratado antes a nadie con SBA, así que trazó un plan de acción basado en su arte y empezamos.
Para un profano, un osteópata manipula suavemente los huesos, los músculos y los tejidos del cuerpo con el objetivo último de devolver el equilibrio al cuerpo y a sus componentes. Es casi como un masaje suave, y no es en absoluto doloroso o aversivo.
Le pedí a Anne que podíamos desarrollar una guía detallada de lo que había hecho por mí, y le pareció bien. Cuando la tengamos lista, la dará a conocer aquí [en el foro] como actualización de mi historia. De momento, os ofrezco a modo de adelanto una introducción de la técnica, aunque sin la precisión de una guía profesional.
En la cabeza ósea, detrás de la mandíbula superior, en concreto tras las muelas del juicio superior, hay un pequeño hueso [apófisis] con forma de colmillo que cuelga a ambos lados del cráneo justo detrás del oído. Puedes palparlo tú mismo si sabes lo que estás buscando. El VII par craneal pasa a través de un pequeño espacio que hay entre la base de ese “colmillo” y la parte posterior de la mandíbula.
Parecía lógico pensar, pues, que si por cualquier razón este espacio se había estrechado, podría llegar a pinzar el nervio y provocar así interrupciones en el regreso de las señales hacia el cerebro. Anne partió de la suposición de que si se lograba abrir el espacio entre esa apófisis y la parte posterior de la mandíbula, el nervio quedaría liberado de la presión y, como ya no estaría dañado permanentemente, podría volver a transmitir con normalidad las señales al cerebro. Y eso fue exactamente lo que hizo (además de aplicar otras técnicas propias de su especialidad): introducir su dedo en la parte posterior de mi mandíbula superior y empujar suavemente el estiloides hacia atrás.
Podía sentir el “colmillo” retrocediendo a medida que Anne presionaba suavemente. Ella llama al proceso "desbloqueo"; yo lo llamo ¡"euforia”!
Sentí alivio casi de inmediato! Cuando salí de la sesión, la quemazón ¡se había reducido en un 50%!, y durante los tres días siguientes continuó disminuyendo. En cuatro días, había desaparecido en un 95%! Una visita más a Anne dos semanas más tarde… ¡y yo estaba ya completamente libre del síndrome de boca ardiente! ¡Fue increíble!
¡He estado prácticamente libre de dolor durante 6 años! He tenido algún que otro episodio en los últimos 6 años; pero, después de una o dos visitas a Anne, los síntomas desaparecen. He llegado a estar 3 años seguidos sin rastro de boca ardiente. Ahora Anna me ha enseñado la técnica, así que puedo realizarla yo mismo si alguna vez me veo muy apurado.
Después de unos cuantos años lidiando con el SBA, estoy en condiciones de saber los procesos que lo desencadenan. En mi caso son:

  • los antibióticos (no estoy seguro de por qué)
  • sesiones en el dentista (boca abierta mucho tiempo)
  • estrés
  • dormir boca arriba con la boca abierta
    Lo verdaderamente sorprendente de mi historia, y por qué creo que puede ayudar a los demás, es lo siguiente. Hace unos 4 años, recibí una llamada de mi padre. Había estado jugando al golf con un viejo amigo y este le había dicho que no se encontraba muy bien; le comentó que unos meses antes se había dado un fuerte golpe en la cabeza por una caída y que desde entonces su lengua le ardía. Mi padre le habló de mí y su amigo me llamó. Le conté todo lo que ya os he contado aquí y acudió a un osteópata de su ciudad natal (no a Anna). ¡A la semana su quemazón había desaparecido! ¡No ha necesitado más sesiones de osteopatía!
    Espero de verdad que esta información ayude a todos los que estén sufriendo de SBA. Yo que a mí me ha ayudado, y estoy agradecido de todos los días.
    Un saludo y que estéis bien,

           Brad

    Una lástima que no pudiera salvar el hilo original completo, que se prolongó durante más de un año. Aun así, ojalá esta lectura ayude a alguna víctima de este perverso trastorno.

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